Tonny Salazar trabaja en su taller, rodeado de parte de su obra artística. Curridabat Hoy
“Lo vivido nunca se olvida”. Esa es una de las frases que mejor resume la forma en que Tonny Salazar entiende el arte. Para este artista plástico, un aroma, una comida, una fotografía o una pintura pueden ser suficientes para llevar a una persona de regreso a un momento del pasado.
Salazar nació en Barrio México durante los años 60. Su acercamiento al arte comenzó desde niño, cuando el asma le impedía jugar fútbol y su madre, maestra de escuela, buscaba otras actividades para él. Le compraba hojas, pinturas y lápices de colores para que dibujara y pintara. Aquella actividad de infancia terminaría convirtiéndose, años después, en su profesión. En 1987 se hizo artista profesional.
Autodidacta y acuarelista, además de graduado del INA, Salazar ha construido una trayectoria caracterizada por la experimentación. Según su reseña curricular, trabaja con 22 diferentes técnicas visuales, entre ellas acrílico, óleo, pintura vitral, pirograbado, escultura en papel, tinta china, carboncillo, modelismo, ferroescultura, tape art, muralismo y vinyl art.

Su interés por aprender nació también de la necesidad. Cuando quiso convertirse en acuarelista buscó ayuda entre artistas de Costa Rica, pero asegura que ninguno quiso enseñarle. En una época en la que todavía no existía internet, recurrió a la Biblioteca Nacional para buscar libros sobre la técnica y comenzó a practicar por su cuenta. Más adelante exploró el acrílico, el óleo, el lápiz, el carboncillo, la tinta china y la técnica mixta.
Esa inquietud continúa presente en su trabajo. Incluso encontró posibilidades artísticas en materiales que normalmente terminarían en la basura. Las cintas de casete, por ejemplo, se convirtieron en materia prima para experimentar con tape art, hasta desarrollar su propia manera de trabajar con ellas. Actualmente también explora una nueva técnica basada en la combinación de imágenes para generar un efecto visual similar al 3D.
El Curridabat que ya no existe

Obra que rescata la memoria del histórico Taller Madrigal. Cortesía
En 1973, Salazar llegó a Curridabat. El cantón que encontró era muy diferente al actual. Frente a su casa había un cafetal y las calles no tenían el movimiento de hoy. Para llegar a la línea del tren había que atravesar un camino rodeado de bambúes.
En aquel momento, recuerda, todavía había grandes extensiones de cafetales y pocas casas. La zona donde vivía también tenía una relación cercana con el tren, que era parte de la vida cotidiana de quienes habitaban el sector.
Salazar aprovechaba aquella época para caminar y conocer los alrededores. Recorría la línea del tren hasta San Pedro y luego regresaba, en un momento en que, según recuerda, era posible caminar por esos lugares con tranquilidad.
Esas experiencias terminaron convirtiéndose en materia para su obra.
Convertir los recuerdos en arte
Una de sus colecciones más importantes es “Dulces recuerdos”, compuesta por 27 láminas en las que Salazar plasmó vivencias, experiencias y sentimientos que considera parte de una memoria que podría desaparecer. Según explica, la colección fue reconocida por el Ministerio de Cultura como de interés cultural.
En esas obras aparecen los juegos tradicionales, el antiguo juego de mesa Gran Banco, los juguetes de madera, las tracas y los yoyos. También están presentes recuerdos de su infancia en Barrio México, las visitas al Mercado Borbón, la televisión en blanco y negro y otros elementos de la vida cotidiana de décadas pasadas.

Obras que retratan distintos lugares de Costa Rica, entre ellos San José, Guanacaste y Pejibaye. Curridabat Hoy
Para Salazar, recuperar esos elementos es una forma de conservar una época. Su interés por lo vintage incluso está presente en el nombre de su proyecto artístico, Arte Studio Vintage, desde donde desarrolla trabajos de pintura, escultura, murales y modelismo.
Su trayectoria, sin embargo, no se limita a la producción de obras. Cuenta con más de 120 exposiciones colectivas e individuales y ha presentado su trabajo en Costa Rica, España, Estados Unidos, México, El Salvador, Colombia, Ecuador y Francia.
También ha desarrollado labores de formación y gestión cultural. Actualmente figura como tutor de arte en Arte Studio Vintage Curridabat y como co-gestor cultural de Galería Antígono. Además, ha participado en diferentes proyectos y organizaciones vinculadas con las artes visuales y ha sido juez en festivales estudiantiles de las artes.
La música y Elvis Presley

Obra de Marilyn Monroe elaborada por Tonny Salazar con latas de cerveza recicladas. Curridabat Hoy
La expresión artística de Salazar tampoco se queda en las artes plásticas. Su relación con la música comenzó en la infancia, influenciado por su padre, quien era melómano y coleccionista de discos. Esa convivencia con diferentes géneros musicales le ayudó a desarrollar el oído y posteriormente lo llevó a coleccionar música y a trabajar colocando canciones en bares y restaurantes.
Durante años llegó a manejar una extensa colección de música, con canciones que abarcaban desde la década de 1950 hasta los años 90 y que incluían rock, soul, baladas, música en español y boleros.
A esa faceta musical se suma su trabajo realizando shows como Elvis Presley, otra expresión de un artista que ha encontrado distintas maneras de llevar la música y el espectáculo al público.

Un artista que también quiere enseñar

Después de décadas de trayectoria, Salazar mantiene una idea que ha marcado su relación con el arte: el conocimiento debe compartirse.
Critica que algunos artistas guarden celosamente sus técnicas y considera que quienes se acercan al arte deben tener la oportunidad de aprender, experimentar e investigar.
A los jóvenes que sienten interés por las artes les recomienda no tener miedo de comenzar: practicar, tocar el arte, investigar y explorar. Para él, el arte debe ser algo tangible y no limitarse a la teoría.
También considera que existe una oportunidad para que las municipalidades tengan una relación más cercana con los artistas locales. En su opinión, las autoridades deberían escuchar sus necesidades y aprovechar sus conocimientos para desarrollar iniciativas culturales, procurando que las propuestas no se queden únicamente en el papel.
Su propia historia es, en cierta forma, un ejemplo de esa diversidad artística. Aquel niño de Barrio México que comenzó a dibujar porque el asma le impedía jugar fútbol terminó encontrando en el arte una profesión, una forma de experimentar con materiales y técnicas, una manera de recordar y también un espacio para compartir con otros.
Y mientras continúa explorando nuevas formas de expresión, mantiene una idea sencilla como guía: lo vivido nunca se olvida.



